Cuento Zen: Paraíso

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Cuento Zen: Paraíso 2017-11-17T17:02:50+00:00

EL MONJE Y EL PARAÍSO

Un hombre es atrapado por una terrible tormenta de viento y lluvia mientras atraviesa el desierto. Ciego de rumbo y luchando contra la arena que le lastima la cara, avanza con gran dificultad tirando de las riendas de su caballo y controlando de vez en cuando a su perro. De pronto el cielo ruge y un rayo cae sobre los tres matándolos instantáneamente.

 

    La muerte ha sido tan rápida y tan inesperada que ninguno de ellos se da cuenta, y siguen avanzando, ahora por otros desiertos, sin notar la diferencia.

    En el cielo la tormenta se disipa y rápidamente el sol abrasador empieza a calentar la arena, haciendo sentir a los caminantes la urgencia de reposo y agua.

    Pasan las horas; nunca anochece. El sol parece eterno y la sed se vuelve desesperante.

    De pronto el hombre ve, delante, un oasis de agua, palmeras, sombra, y los tres corren hacia allí.

    Al llegar descubren que el lugar está cercado y que un guardia cuida la entrada debajo del portal que dice:  

 “PARAÍSO”

El viajero pide permiso para pasar a beber y descansar y el guardián contesta:

    _ Tú puedes pasar, desconocido, pero tu caballo y tu perro deben quedar fuera.

    _ Pero ellos también tienen sed y además vienen conmigo (dice el hombre).

    _ Te entiendo (contesta el guardián), pero éste es el paraíso de los hombres, y aquí no pueden entrar animales. Lo siento.

El hombre mira el agua… la sombra. Está agotado y sin embargo…

    _ Así no_ (dice).

 Toma las riendas de su caballo, silba a su perro y sigue andando.

Unas horas, unos días o unas semanas más tarde, el grupo encuentra de nuevo un oasis. Al igual que el aquél está custodiado por un guardián.

 

                 Hay un cartel:                   

“PARAISO”

_ Por favor (dice el hombre), necesitamos agua y descanso.

    _ Claro, adelante_ (dice el guardián).

    _ Es que yo no entraré sin mi caballo y sin mi perro. (Advierte el hombre)

    _ Claro. A quién se le ocurre. Todos los que llegan son bienvenidos_ (Contesta el guardián).

El hombre se lo agradece y los tres corren a hundir su cara en el agua fresca.

    _ Pasamos por otro “PARAISO” antes de llegar aquí (dice el viajero después de un rato), pero no me dejaron entrar con ellos…

    _ Ah, sí… (dice el guardián) ese lugar es el INFIERNO.

    _ pero que barbaridad (se queja el hombre), ustedes deberían hacer algo para sacarlos del camino del PARAÍSO.

    _ No,  (le aclara el hombre vestido de blanco), en realidad nos hacen un gran servicio.

Ellos evitan que lleguen hasta aquí los que son capaces de abandonar a sus amigos…

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